El Maestro dijo:

  • Cuando acaricies a una mujer hazlo suavemente, como la transición de una oruga a una mariposa… La Maestría de un hombre vive en las yemas de sus dedos… Tócala con la atención suficiente de quien ha descubierto un tesoro… A veces suave, a veces firme, pero nunca torpemente… Siente su fragancia a través de tus dedos… Despierta cada célula al mundo del divino éxtasis…Detente un instante y contempla extasiado como sus labios comienzan a hablar el mismo idioma…
    La danza comienza.

La Maestra, abriendo dulcemente los ojos, dijo:

  • Cuando acaricies a un hombre hazlo con la dulzura de una madre, no lo toques para excitarlo, él no necesita eso… El necesita saber que tu estás bien, segura y protegida… Con tu cabello puedes erizar cada sentido de sus células… Cuídalo, haz que su corazón lata en una frecuencia constante, y el placer durará eternamente… Cuando la frecuencia de su respiración y sus latidos se acelere haz que se detenga, obsérvalo, ayúdale a respirar profundamente, para que conecte sus sentidos con su interior.

“El arte de hacer el Amor es DIVINO por la simple razón que a través del otro comienza un Amor eterno hacia uno mismo…”

*Diego Van